Hay una imagen que me viene a la cabeza de vez en cuando: yo, de pie en un andén de tren, mirando cómo la gente sube y baja con esa soltura que da por supuesta el cuerpo que funciona sin avisar. Llevo la maleta demasiado grande, me apoya en el hombro y noto que el equilibrio no está del todo ahí. Y pienso, durante un segundo, si todo esto merece la pena.

Siempre concluyo que sí.

Viajar con ataxia es diferente a viajar sin ella. Sería deshonesto negarlo. Hay más planificación, más preguntas que hacer antes de reservar, más cosas que llevar en cuenta. Pero diferente no significa imposible. Ni peor, aunque a veces lo parezca en los momentos más difíciles del camino.

"Viajar con ataxia me ha enseñado a mirar con más atención. A quedarme más tiempo en cada lugar. A saber exactamente lo que quiero de un viaje."

La planificación como herramienta, no como renuncia

Lo primero que aprendí es que planificar no es lo contrario de la aventura. Es lo que hace posible la aventura. Antes de la ataxia era de las que improvisaba. Ahora investigo antes de ir a cualquier sitio, y eso ha cambiado la forma en que viajo, no el hecho de que lo haga.

Hay cosas concretas que marcan la diferencia: saber si el alojamiento tiene ascensor o escalones en la entrada, si el centro histórico de la ciudad tiene mucho adoquinado irregular, si el aeropuerto tiene asistencia para personas con movilidad reducida (que se puede pedir siempre, incluso cuando uno camina), o si el hotel tiene bañera o plato de ducha. Preguntas que antes no existían en mi checklist y que ahora son las primeras.

Contactar directamente con el alojamiento —no solo mirar las fotos— suele aclarar muchas dudas que las páginas de reservas no responden. Y pedir la asistencia en el aeropuerto, aunque uno no use silla de ruedas, ahorra una energía enorme que después se agradece para lo que de verdad importa: disfrutar del destino.

Lo que cambio (y lo que no)

He aprendido a elegir destinos pensando también en la accesibilidad, sin que eso signifique encerrarme en los circuitos turísticos más trillados. Hay ciudades con mucha historia que tienen tranvía, metro adaptado o calles llanas. Hay pueblos pequeños con encanto que no tienen ni un escalón. La clave es buscar con esa mirada adicional, no renunciar de entrada.

Lo que sí he cambiado es el ritmo. Antes intentaba ver todo. Ahora prefiero ver menos y quedarse más. Un día completo en un barrio, una mañana entera en un museo sin prisa, sentarme a ver cómo pasa la gente en una plaza. La ataxia me ha enseñado a hacer eso, y ahora creo que es una forma de viajar mejor.

También he aprendido a gestionar la energía como si fuera un recurso finito que hay que administrar bien. Los días de más actividad física —mucho caminar, mucho terreno irregular— los combino con otros más tranquilos. No me avergüenza descansar dos horas a media tarde si eso significa poder salir a cenar bien por la noche.

Algo que me ha funcionado: llevar siempre en el móvil el número de emergencias local, una lista de mis medicamentos en inglés (o el idioma del destino), y el nombre de la app de transporte más usada en ese país. Pequeñas cosas que dan mucha tranquilidad.

Los momentos que nadie espera

Viajar con ataxia también tiene momentos que no están en ninguna guía. El día que me ayudaron a subir al barco en una isla griega tres personas que ni me conocían, y que lo hicieron con tanta naturalidad que casi me hizo llorar. La vez que la azafata de un vuelo me esperó al final del pasillo sin que yo se lo pidiera. El recepcionista del hotel que buscó personalmente la ruta más llana para llegar al restaurante que yo quería visitar.

La gente, en general, es mucho más amable de lo que el miedo previo hace pensar. Y pedir ayuda cuando se necesita —algo que a mí me costó bastante aprender— no hace el viaje peor. Lo hace posible.

También están los momentos difíciles. El día que el pavimento estaba peor de lo esperado y tuve que cambiar de planes. La vez que el cansancio llegó antes de tiempo y me perdí algo que tenía ganas de ver. Esos momentos existen. Pero existen también en los viajes de cualquier persona: hay vuelos que se pierden, hay restaurantes que decepcionan, hay días que no salen como uno esperaba. La ataxia añade su propia capa de imprevistos, pero no es la única fuente de imprevistos que existe.

Por qué sigo viajando

Podría no hacerlo. La vida sedentaria es más fácil de gestionar, más predecible, más segura en términos físicos. Pero hay algo en salir que ninguna comodidad en casa puede reemplazar: la sensación de que el mundo es grande y yo sigo siendo parte de él.

Cuando estoy en un lugar que no conozco, con gente que no me conoce, algo se resetea. La ataxia sigue estando, claro. Pero durante unos días deja de ser el eje alrededor del que gira todo. Hay demasiadas cosas nuevas que ver, oler, probar. Y eso, aunque dure poco, lo cambia todo.

Así que si estás pensando en si vale la pena organizarlo, en si será demasiado complicado o demasiado cansado: puede que sí lo sea. Pero probablemente también valga la pena. Elige un destino que no te ponga en un escenario imposible, planifica lo suficiente para no llegar con sorpresas desagradables, y deja espacio para lo que no se puede prever.

El mundo sigue ahí. Y tú también sigues siendo bienvenido a él.