Hace unos días bajaron las temperaturas de golpe. De un día para otro, ese aire que antes era casi veraniego se volvió húmedo y cortante. Y yo noté enseguida —antes incluso de mirar el termómetro— que algo había cambiado en cómo se movía mi cuerpo. Las piernas un poco más rígidas. El equilibrio, más fino de lo habitual. El suelo, de repente, parecía exigir más atención.
Llevo años con ataxia y he aprendido que mi cuerpo tiene su propio calendario, paralelo al del tiempo. No es que el frío o el calor «empeoren» la enfermedad de una manera duradera, pero sí que cambian las condiciones en las que convivo con ella cada día. Y eso merece hablarse, porque nadie te lo cuenta al principio y uno tarda un tiempo en reconocer los patrones.
"Mi cuerpo tiene su propio calendario, paralelo al del tiempo. Cada estación trae su propio juego de reglas."
El calor del verano: cuando la energía desaparece antes de empezar
El verano es, para muchos de nosotros, la estación más complicada. El calor afecta al sistema nervioso de formas muy concretas: ralentiza las señales, aumenta la fatiga y, en algunos casos, hace que los síntomas se agudicen de manera notable mientras dura el calor y remiten cuando baja la temperatura. No es imaginación. Es fisiología.
A mí el calor me da una lección de humildad cada año. Planes que creía posibles se vuelven demasiado ambiciosos. Una mañana de compras que en octubre sería tranquila, en julio requiere sentarme a mitad, buscar la sombra, calcular cuándo habrá menos gente y más fresco. He aprendido a salir temprano, a ir siempre con agua, a no avergonzarme de usar el ventilador de mano aunque esté en un sitio público.
Lo que me funciona en verano: salir antes de las diez de la mañana, hidratarme mucho más de lo que me pide la sed, llevar siempre algo frío —una botella, un pañuelo húmedo— y planificar con margen extra de tiempo y descanso.
El otoño: el cambio que más me gusta y más me exige
Octubre siempre me ha parecido el mes más honesto del año. Deja ver las cosas tal como son: el sol que llega más de lado, la luz que cambia de tono, el suelo que empieza a cubrirse de hojas. Me encanta el otoño. Y al mismo tiempo, el otoño me pide más atención que ninguna otra estación.
Las hojas mojadas sobre el asfalto son, objetivamente, una de las cosas más peligrosas con las que convivo. Parecen inocentes y pueden hacer que un paso de lo más normal se convierta en un susto. El suelo húmedo, los bordillos con agua, los portales con el suelo resbaladizo... todo eso requiere que active ese radar extra que tenemos quienes vivimos con problemas de equilibrio. No es paranoia. Es simplemente ser consciente.
También noto en otoño que los cambios de luz me afectan emocionalmente más de lo que me gustaría reconocer. Que los días se acorten no es solo un dato del calendario; es algo que se siente en el estado de ánimo. Y cuando ya llevas el peso de una enfermedad crónica, ese bajón de luz puede amplificar cosas que en verano estaban más o menos controladas.
El invierno: el frío que tensa y el hielo que inquieta
El frío hace que los músculos tarden más en entrar en calor. En invierno, mis primeros pasos de la mañana son los más torpes del día —más que en cualquier otra estación—, y he aprendido que no tiene sentido forzar el ritmo. Necesito más tiempo para calentar, para que el cuerpo se despierte del todo. Así que en invierno el despertador suena antes.
El hielo es otra historia. Hay días de enero en que mirar por la ventana me genera una ansiedad que en verano no existe. Preguntarme si hay hielo en la acera, si las rampas están mojadas, si el camino que suelo hacer es seguro ese día concreto. No es un miedo irracional. Es una evaluación de riesgo perfectamente razonable para quien sabe que una caída puede tener consecuencias serias.
Lo que me funciona en invierno: calzado con suela antideslizante (sin excepción), salir algo más tarde cuando hay heladas nocturnas, llevar un bastón los días que el suelo está dudoso —sin esperar a que "sea necesario"—, y hacer cinco minutos de movilidad articular antes de salir de casa.
La primavera: el renacer que viene con sus trampas
La primavera me produce una alegría casi física cuando llega. Más luz, más temperatura, más ganas de estar fuera. El cuerpo se suelta un poco, el humor mejora, vuelve la energía que el invierno había guardado en algún cajón. Hay algo que se despierta.
Pero la primavera también trae el peligro de excederse. Después de meses de menor actividad, es tentador querer recuperar todo de golpe. Y eso, con ataxia, no suele acabar bien. He aprendido —a fuerza de equivocarme— que la primavera es para ir retomando las cosas de manera gradual, no para lanzarse de cabeza. El entusiasmo es bueno. El entusiasmo sin límites, no tanto.
Lo que me ha enseñado convivir con las estaciones
Con el tiempo he llegado a una especie de paz con este calendario dentro del calendario. Cada estación tiene sus ventajas y sus retos, sus días buenos y sus días que piden más cuidado. Negarlos no sirve de nada. Pero tampoco tiene sentido pasarlos en modo alerta constante.
- Anticipar, no temer. Revisar el tiempo la noche antes para decidir qué calzado ponerse o a qué hora salir no es obsesión. Es inteligencia práctica.
- Adaptar los planes sin cancelarlos. Si el día pide más cuidado, cambio el horario o el recorrido, pero no me quedo en casa si puedo evitarlo.
- No comparar estaciones. Que en verano esté más cansado no significa que esté peor. Significa que es verano. En octubre me muevo mejor y eso no es mérito mío; es que el cuerpo tiene mejores condiciones. Ambas cosas son verdad.
- Guardar energía para lo importante. Cada estación tiene actividades que valen la pena. Las paseos de otoño, el sol de primavera, el fresquito del verano por la mañana, el chocolate caliente de invierno. La ataxia me complica la logística, no me quita el placer.
Hoy, mientras escribo esto y el aire de octubre entra fresco por la ventana, pienso que prefiero este frío al calor de agosto. Mañana igual lo reviso. Pero hoy, este otoño que empieza me parece una buena estación para estar.