Durante mucho tiempo, cuando alguien me preguntaba si hacía deporte, yo bajaba la mirada y decía que no. No porque no quisiera, sino porque me había convencido de que el deporte ya no era para mí. La ataxia había cambiado mi equilibrio, mi coordinación, mi forma de caminar. Y yo había asumido, sin que nadie me lo dijera exactamente, que eso significaba cerrar esa puerta.

Tardé años en entender que la puerta no estaba cerrada. Estaba en otro sitio.

"Moverme no es lo que era antes. Pero sigue siendo mío."

Lo que se pierde y lo que se transforma

Seré honesto: hay cosas que ya no puedo hacer como antes. Correr sin agarrarme a algo, ir en bici por un camino irregular, jugar a fútbol en un patio sin miedo a caerme. Esas pérdidas son reales y no tiene sentido fingir que no duelen. Hay una especie de duelo por el cuerpo que uno tenía, por los deportes que formaban parte de la identidad.

Pero lo que he ido descubriendo, poco a poco y con mucha prueba y error, es que esa pérdida no es total. Es una transformación. El deporte no desaparece de mi vida, sino que se reorganiza alrededor de lo que mi cuerpo puede hacer ahora, no de lo que podía hacer antes.

Qué es el deporte adaptado y por qué importa

El deporte adaptado no es una versión de segunda categoría del deporte "de verdad". Es deporte diseñado para que funcione con diferentes capacidades funcionales. Hay modalidades que no requieren un equilibrio perfecto, disciplinas que pueden practicarse sentado, actividades donde la coordinación no es el factor determinante.

Para alguien con ataxia, esto abre un abanico más amplio de lo que parece a primera vista:

  • Natación. El agua elimina casi por completo el problema del equilibrio. El cuerpo flota, los movimientos son lentos y controlados, y la sensación de autonomía en el agua puede ser muy diferente a la que se tiene en tierra. No hace falta hacerlo bien: hacerlo ya es suficiente.
  • Boccia. Un deporte de precisión jugado desde una silla o en posición sentada, que consiste en lanzar bolas hacia un objetivo. Es deporte de equipo, tiene competición oficial a nivel paralímpico, y requiere concentración y estrategia más que fuerza o equilibrio en bipedestación.
  • Ciclismo adaptado. Los triciclos, las bicicletas de mano o las bicis de baja gravedad permiten seguir pedaleando sin depender del equilibrio sobre dos ruedas. Mucha gente descubre esto y no lo abandona.
  • Yoga y pilates adaptado. Practicados en el suelo o con apoyo, trabajan la fuerza, la flexibilidad y la conciencia corporal de una manera que complementa muy bien la fisioterapia.
  • Tiro con arco. Una actividad de precisión que puede practicarse desde una silla de ruedas, que no depende del equilibrio y que tiene una curva de aprendizaje gratificante.
  • Remo adaptado. Existe remo de banco fijo para personas con menor movilidad de tronco. El movimiento rítmico y el esfuerzo aeróbico que produce tienen efectos positivos documentados en la resistencia cardiorrespiratoria.

Un punto de partida práctico: El Comité Paralímpico Español (CPE) tiene un directorio de clubes deportivos adaptados por provincia. Es un buen primer paso para encontrar algo cerca de donde vives, sin necesidad de un diagnóstico específico ni de ningún nivel de habilidad previo.

Lo que el movimiento hace por mí más allá del físico

Tardé en darme cuenta de que lo que buscaba en el deporte no era tanto el rendimiento como las cosas que venían con él: la sensación de haber hecho algo con el cuerpo, el tiempo fuera de los pensamientos, el cansancio bueno al final del día. Y esas cosas siguen siendo posibles. Siguen estando ahí, aunque la actividad haya cambiado.

Cuando empecé a ir a sesiones de yoga adaptado, lo primero que me sorprendió no fue lo que sentía físicamente, sino lo que sentía después. Una especie de satisfacción que hacía tiempo que no reconocía. Como si el cuerpo me dijera: todavía podemos hacer cosas juntos.

También hay algo que el deporte adaptado hace que la rehabilitación sola no siempre logra: te saca de la lógica de "paciente". En la fisioterapia eres alguien que está trabajando algo que no funciona bien. En el deporte, aunque sea adaptado, eres alguien que está haciendo deporte. No es lo mismo. Psicológicamente, no es lo mismo en absoluto.

Cuando el ritmo no es el de antes

Una de las cosas que más me ha costado aceptar es que el ritmo tiene que ser el mío. No el del grupo, no el de quien tenía mi misma condición y empezó antes. El mío.

Los días buenos puedo hacer más. Los días difíciles, menos o nada. Y eso no es un fracaso, aunque durante mucho tiempo lo sentí como tal. El deporte adaptado, bien entendido, no te exige ser constante de la misma manera que un plan de entrenamiento convencional. Te invita a relacionarte con el movimiento de otra forma: como algo que está disponible cuando puedes, y que no te juzga cuando no puedes.

He aprendido a no compararme con quienes no tienen ataxia. He aprendido, también, a no compararme demasiado conmigo mismo de hace cinco años. La referencia útil soy yo ahora, hoy, con lo que tengo hoy.

Dar el primer paso (que es el más difícil)

Si estás pensando en probar alguna actividad y no sabes por dónde empezar, lo que más me ha ayudado ha sido ir con alguien que ya conoce el sitio. Un familiar, un amigo, alguien del grupo de apoyo. La primera vez en un entorno nuevo, con un cuerpo que llama la atención, puede ser intensa. La segunda vez ya es más fácil. La tercera, ya es tuya.

No hace falta que sea el deporte perfecto. No hace falta que te vaya a gustar para siempre. Solo hace falta probar, ver qué pasa, y darte permiso para decidir después.

Lo que sí puedo decirte con certeza, desde mi experiencia, es que el día que volví a moverme —no para recuperarme, no como terapia, sino por el simple hecho de moverme— algo se asentó. El cuerpo, con todas sus limitaciones, seguía siendo capaz de procurarme eso. Y eso, aunque cueste trabajo reconocerlo, no es poco.